Homo sub 50

Una de las mejores cosas que nos pueden pasar es que todo salga según lo previsto. Este domingo participé en el XIII Memorial Padre Marcelino de Granada (10k). Mi objetivo en esta carrera era bajar de los 50 minutos y… ¡Lo conseguí! Sí, empiezo por el final, porque es lo realmente importante, esa marca (seguro que para muchos es cosa de coser y cantar) se me venía resistiendo desde hacía tiempo y, por otro lado, mi intención era conseguir acreditar un tiempo por debajo de 50′ de cara a la Popular San Silvestre de Madrid por si me da por correrla.

Como he dicho he empezado por el final y ahora hago un poco de historia. No lograba bajar de los 50 minutos desde 2011, cuando tenía aún 40 años. Bajé incluso de los 45 minutos, casi que empezaba a hablar de tú a tú con los keniatas. A finales de 2011 tuve que dejar esto de las carreras y no lo retomé hasta finales de 2014. Desde entonces y hasta el día de hoy, con altibajos, con mayor o menor intensidad he estado calzándome las zapatillas. En estos cuatro años y unos meses el mejor tiempo registrado en una carrera de 10 kms lo conseguí en la primera de todas, en octubre (Santa Fe). Después comenzaron las lesiones,  el vértigo, los resfriados eternos, los entrenamientos intermitentes y presentarme en las carreras sin entrenar… un pequeño calvario cada vez que me colgaba el dorsal.

Hace unos días escribí a mi entrenador, Manuel Sola, comentándole mi deseo de bajar de 50 minutos en esta carrera, el Memorial, y me contestó que a la vista de la progresión de las últimas semanas era posible, “por los pelos”, pero que sería posible. Está bien que confíen en uno. Con esa idea me desperté este domingo, estaba impaciente porque pasaran esos 50 minutos (menos de 50 minutos en mis deseos) y poder respirar tranquilo sabiendo que lo había alcanzado.

Pese a que con el cambio de hora nos habían robado una hora de sueño, yo me desperté aún más temprano, cumplí con mis deberes alimenticios (y los posteriores o consecuentes) religiosamente y salí de casa camino a la carrera. Tenía la experiencia de otras carreras que se disputan por el centro de Granada de las dificultades para aparcar, así que me fui tempranito, esta vez no me pillaba el toro y puedo asegurar que fui casi el primero en llegar y dejé al toro con las ganas. La salida a mi llegada era un páramo desierto, una calle de las películas del oeste justo antes de que comience el duelo. Sólo había algunos voluntarios y operarios ultimando algunos detalles de la infraestructura.

Los minutos de espera se hacían eternos, pese a que busqué calor en alguna cafetería. Había llovido durante toda la noche, estaba nublado y hacía bastante fresco. Poco a poco la cafetería se fue llenando de corredores, somos una especie inconfundible y más cuando merodeamos en torno a la salida de una prueba. Así fueron pasando los minutos hasta que se hizo la hora de colocarse en el cajón de salida y calentar un poco dentro de esa especie de corral que se monta en las salidas.

Allí estaba acercándome a la salida, cuando descubrí que en algún lugar había perdido mis imanes para sujetar el dorsal. Desesperadamente busqué la ayuda de otros corredores con la esperanza de recolectar al menos dos imperdibles para ponerme el dorsal. Después de varios intentos encontré a una chica que llevaba en su bolsito un juego completo de imperdibles de los que nos dieron en la bolsa de corredor: “Los he echado por si los necesitaba alguien”. Ese era yo, mi ángel de la guardia había cumplido su misión. En la vida, afortunadamente, hay de todo, los que perdemos los imperdibles y quienes se echan un juego de imperdibles adicional por si fuesen necesarios. Siempre he pensado que todo en la vida está muy bien compensado, los árboles echan hojas para dar sombra en verano y las pierden para no quitarnos el sol en invierno.

Ya en el cajón, el de los sub 55′ me encontré con mis amigos los dos Antonios, dos corredores inseparables y con los que prácticamente me bauticé en esto de las carreras en el año 2010, cuando comenzó todo. Y tras la charleta, los recuerdos de viejas carreras y los consejos vino el disparo de salida y como una manada de ñus nos pusimos a correr por las calles de Granada. Algún codazo, algún tropezón de las zapatillas de un corredor contra las de otro, las primeras respiraciones forzadas, saludos a los fotógrafos de la prensa,… se cumplió todo el ritual de las salidas.

Para conseguir mi objetivo la estrategia era bien simple: ir a un ritmo lo más pegado a los cinco minutos por kilómetro posible y aprovechar los terrenos propicios para apretar y ganar unos segundos de colchón que me permitiesen entrar en el arco de meta por debajo de los 50 minutos.Los primeros kilómetros los hice sin dificultad, con alegría y sin forzar la máquina. Casi sin darme cuenta escuché el bip-bip del pulsómetro de algún corredor, el de otro, el de otro más, luego el mío (los satélites nunca se ponen de acuerdo para que suenen todos los relojes al mismo tiempo) y a mi derecha aparecía un cartel enorme, como el de las ofertas de los supermercados, indicándome que había superado el primer kilómetro.

El segundo kilómetro tenía un poco de pendiente pero la pude superar sin dificultades. Habían pasado 9’44” desde el pistoletazo de salida y ya tenía 16 segundos a mi favor. Repito: ¡Qué bien cuando las cosas pasan como las habíamos pensado!”

El tercero y cuarto prácticamente llaneando pero la cosa se puso un poco cuesta arriba, nunca mejor dicho entre el cuarto y el quinto. En esa subida perdí la mitad de los segundos que iba guardando para el final de la prueba, pero justo cuando estaba a punto de coronar, escuché una voz amiga que me decía: “Vas muy bien, como un reloj”. Esas palabras me animaron. Es increíble pensar como unas simples palabras de ánimo pueden ser un aporte de glucógeno extra en tus músculos.

Aproveché el descenso en el kilómetro 6, pero nuevamente en el 7 tuve que restar a mi cuenta corriente de segundos unos cuantos. Había estudiado el recorrido y sabía que el 8 y el 9 iban a ser terrenos propicios, así que seguí con mi plan inicial y corrí todo lo que pude a lo largo de esos dos kilómetros. Ahora o nunca, pensaba yo, lo tengo al alcance de la mano.

Pero quedaba el kilómetro 10, el último, una subida mucho más suave que las anteriores, pero que a mi se me hizo eterna. La carrera de pronto se dividió en dos mitades: hasta el cartel del kilómetro 9 y desde ahí hasta la meta. 300 metros después del cartel del kilómetro 9 prácticamente tiré la toalla, el ritmo bajó a 6 minutos el kilómetro y no tenía fuerzas para recuperar. Me vine abajo, mi objetivo se me antojaba imposible al ritmo que estaba marcando en ese momento. Los metros pasaban lentísimos. Otra vez me vino a la mente la imagen de la manada de ñus, pero la de esos pobres que lograban cruzar un río infectado de cocodrilos y cuando lograban llegar a la otra orilla se encontraban con las fauces de un león parapetado pacientemente, esperando su menú, tan hambriento como un turista en un chiringuito de playa.

Todo por la borda, los entrenamientos, la ilusión,… pero ¿Cómo iba a volver a casa con esos segunditos de más? Poco después de los 600 metros de aquel kilómetro eterno mi mente vino en en mi ayuda, un pensamiento se me cruzó por la cabeza y ¡eureka!: “Si no revientas ahora ¿Cuándo vas a reventar?” me dijo una voz interior. Aún tenía algunos segundos a mi favor para cumplir mi objetivo. Si en ese momento hubiese tirado la toalla habría quedado muy pocos segundos por detrás de los 50 minutos, pero la desilusión hubiese sido más amarga que si me hubiese quedado a 10 minutos del objetivo.

Saqué fuerzas de donde no había y ahí estaba la recta final con el arco, eso sí, cien metros más allá de los 10 kilómetros. Esprinté como si fuese a colisionar contra una pared con todas mis fuerzas, como la capsula del Apolo 11 cayendo sobre las aguas del Pacífico después de conquistar la luna. No aparté la mirada de los numeritos rojos y luminosos que no se detenían y que según me acercaba a ellos corrían más rápido y más grandes se hacían.

Por los pelos, como había predicho mi entrenador, pero por debajo de 50. Así se encargó el láser de dejarlo grabado en la medalla 49’34”.

Esto comienza a funcionar. Ya soy un homo sub 50.

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